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Mamen Mendizabal: “ESCUELA PARA TODAS no es sólo un lema, es un grito”

Escrito el 15 Octubre , 2009 por escuelaparatodasNingún Comentario

mendizabal_baja1Periodistas como yo, doctoras, profesoras, ingenieras, arquitectas, abogadas …. Todas tuvimos la oportunidad de pasar por la escuela, de soñar con lo que queríamos ser de mayores, de superar lo que habían sido nuestras madres y abuelas. Pero los sueños no son sólo profesionales, la educación nos ha enseñado que las mujeres somos capaces, independientes, valiosas, que en nuestra diferencia está una fuente de riqueza enorme para el mundo en el que vivimos. Nadie se plantería en nuestra sociedad que las mujeres en bloque renunciaran a la educación para seguir siendo el motor de la familia. La mitad del mundo, y me quedo corta, no se puede permitir que sus hijas o sus mujeres no sepan leer ni escribir. Escuela para todas no es sólo un lema, es un grito, un movimiento, una auténtica necesidad.

Mercedes Milá: “Sin la unión de muchos cabos no haremos nunca una trenza”

Escrito el 15 Octubre , 2009 por escuelaparatodasNingún Comentario

mila_bajaCada vez que me lavo la cabeza con mi champú Kerastase pienso que gracias a la empresa que lo fabrica se puede poner en marcha, entre otras muchas ayudas, un proyecto tan formidable como “Escuela para Todas”. Sin la unión de muchos cabos no haremos nunca una trenza. Esa trenza aguantará cualquier vendaval si colaboramos muchos en hacerla fuerte y sana.

 Sólo puedo aportar una certeza: la educación es ese derecho que logra que todos salgamos sin trampas desde la misma lÍnea para correr la historia de nuestra vida. Las mujeres lo teníamos crudo pero en algunos países ya hemos demostrado que era la llave que abría la libertad y la igualdad; en otros, queda mucho por hacer. Esta iniciativa es otro eslabón más de la cadena. Tenéis mi apoyo en lo que os pueda ser útil.

 Gracias a L´Oreal por su gesto y por su champú…es buenísimo!

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Almacenado en: Mercedes Milá

Mariló Montero: “La incomprensión te puede paralizar, pero lo nuestro es contarlo”

Escrito el 15 Octubre , 2009 por escuelaparatodasNingún Comentario

Las estadísticas que se publican sobre la pobreza en el mundo nos distancian tanto de la realidad como el conocimiento común de que el ser humano podría llegar a ser cómplice de un lapicero.

La última cifra sobre el número de personas que en todo el mundo carece de algún tipo de saneamientos se la he leído a Rose George en su libro “La mayor necesidad. Un paseo por las cloacas del mundo”. (Ediciones Turner). Y una vez más, con las cifras sobre personas que sufren en el mundo, me surgen dos cuestiones: la primera es saber cómo las ha contabilizado, en qué registro se reflejan, quién y cómo las conocen. Y la segunda, cómo nos afectan esos datos a quienes llegamos a conocerlos.

El lector descreído suele quedarse impasible ante esas cifras debido a una desconfianza que engorda por causa de los vanos avances logrados por quienes tienen a su cargo la solución de acabar con la miseria en el mundo. Mucha charla, mucha Cumbre, para acabar en el mismo punto. En nada.

Millones de personas viven en países oprimidos por unos dirigentes tiranos que mantienen a su población como el fin de su propia cloaca. La miseria les acompaña hasta la muerte: por inanición, hambre, humillación u olvido.

¿Impresiona si les digo que cada quince segundos muere un niño por diarreas producidas por la contaminación en los alimentos o las aguas que consumen?. ¿Les conmueve que Rose George subraye que en los últimos diez años han muerto más niños por diarrea que personas en conflictos armados desde la II Guerra Mundial?. Y así podríamos seguir su relato, o el de otros tantos que se empeñan en luchar con las palabras para acabar con las injusticias.

Las cifras se clasifican por listas de pobres, hambrientos, sedientos, mutilados, explotados, violados, asesinados, vendidos, podridos, secuestrados, enfermos y qué se yo. Pero nadie alcanza a comprender el hambre de verdad que se sufre en el mundo. Es imposible hacer un cálculo real, aunque sólo la aproximación nos debería dar náuseas.

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No hay mundo sin ricos y pobres, porque si no hubiera pobres no habría ricos. Y como los ricos no quieren dejar de serlo, es bastante probable que perdure la existencia de los pobres. Lo cierto es que éstos lo son tanto que no tienen fuerzas ni para responder con su mirada. Quienes se empeñan en ofrecer a la sociedad mundial estos datos para remover conciencias y hacer reaccionar a los políticos, se quedan en las estanterías o en alguna organización no gubernamental que se asienta con valentía en ciertos lugares del mundo para llevarles alguna vacuna y, si acaso, algo de amor.

Quiero huir de ser freudianamente absoluta, pero cuando la rabia se te mezcla por dentro con la injusticia, el absoluto lo hace contundente. Si empezamos a dar perfiles, nos perdemos en nimiedades. Si en España hay ocho millones de pobres, ¿cuántos no habrá al cabo del mundo?. ¿Y de qué pobreza estamos hablando?. ¿Es comparable la pobreza de un español en las últimas a la de un niño camboyano que vive como una bacteria comiendo los detritus de nuestra vida: la basura?

Recuerde lo que le digo: usted tiene la necesidad de comprar alguno de los alimentos vitales de nuestra dieta. Adquiere plátanos, por poner un ejemplo. Si llega a comérselos, la cáscara irá al cubo de la basura, que antes de que comience a expeler el hedor de la putrefacción ya habrá arrojado en una bolsa de plástico al contenedor del barrio. Un camión se lo lleva de madrugada hasta un vertedero, en cuya explanada se seleccionan los restos. Se parcelan en basura orgánica e inorgánica. Los plásticos por un lado, los cristales por otro, así como la comida o los textiles.

Cuidamos tanto la basura que la distinguimos en colores. En nuestros vertederos sobrevuelan gaviotas y deambulan multitud de ratas transmisoras de enfermedades para el hombre.

Ese mismo proceso, con más o menos control para preservar el medio ambiente, es parecido en países que viven en condiciones menos avanzadas. Nos une ese mismo recorrido del plátano. Dependiendo del lugar, en cambio, si decidió arrojar el plátano directamente al cubo porque estaba demasiado maduro y las manchas negras de la fruta le desagradan, tal vez cubrió de suerte a algún niño.

Tendríamos que volver a las cifras para conocer el número de países donde sus vertederos, el fin de nuestra cadena alimenticia, es el principio de la vida de ¿cuántos niños?. Imposible saberlo.

Yo estuve en el “basural” de Phnom Pehm, en Camboya, y aún me cuesta reaccionar ante lo vivido. Son tantas los detalles que vas descubriendo y tantas las historias que surgen a cada paso que te desborda la información. El basural tenía la proporción de una buena meseta española. Si desenfocas los ojos hasta puedes confundir lo colores con árboles, alguna que otra zona con brillantes flores y el movimiento de los animalillos que corretean por las llanuras de un bosque.

El hedor insoportable es lo que te aleja de la tontería de quienes quieren ver otra cosa diferente de lo que tienes ante ti. Una montaña de basura solidificada por el paso de los años y que se desintegra de manera precipitada, más por las manos hambrientas que por el proceso ambiental. Montañas de basura de la que descargan los camiones, donde el plátano, nuestro plátano, entero, con suerte para estos niños, o sólo la cáscara, si pasó por una primera criba de los pobres más listos que reventaron las bolsas arrojadas en las esquinas de la ciudad.

Durante la subida a la cima de esas montañas de basura hay diferentes estaciones. En el recorrido encuentras pequeñas lagunas de agua putrefacta que sirven a los niños para bañarse entre animales muertos o entre carritos de compra-venta para mercadear con los plásticos, discos, cables, cristales o papeles con los que ganar algún riel (la moneda oficial camboyana). Aquí ya no hay separación de zonas ni colorines para distinguir las basuras.

El camino llega a la cima, desde la que se ven pirineos e himalayas de porquería que sirven de hogar q cientos de seres que viven como bacterias. Ya no bajan a la ciudad. Como la única forma de sobrevivir es comer, y la comida que pillan en la basura es a la que aspiran, ¿para qué van a moverse de allí?

Allí lo tienen todo: el suelo es la basura y, sobre ella, con los plásticos que han ido trayendo los camiones de la ciudad, más cuatro planchas de chapa, tratan de fingir alguna forma de pared.

Los recipientes en los que cocinan también los recogieron de esta fuente inagotable de productos marchitos u obsoletos. Las casas, claro está, no tienen agua ni servicios. Las bolsas son su principio y su fin: sirven de ropa, de techo, de mantel o de wáter. Defecan en bolsas y las lanzan a un lado. Total, el olor les iguala. Quizá se sienten tan basura por fuera como por dentro. Es inútil dolerse ante ellos, porque eso les supone una ofensa. Es difícil complacer de alguna manera a estos hombres-bacteria a los que es tan difícil arrancarles una sonrisa, una mirada, una palabra o algo de sentido a su vida.

Han sido ellos computados en alguna estadística? ¿Están en alguna lista? ¿En la de los pobres? ¿En la de los que no tienen acceso a los servicios básicos, al agua corriente, al empleo, a la medicina, a la educación, a la sanidad o al juego? ¿En qué lista figuran? Desde luego, en la mía.

Fui incapaz de calcular una cifra, de ayudar, pues tanta miseria desborda cualquiera de nuestros razonamientos. La incomprensión te puede paralizar, pero lo nuestro es contarlo. Contar su historia, no su número. Los niños son diminutos, flacos, su pelo delata la desnutrición por el color naranja que pinta desde casi su raíz. Su mirada es triste y a la defensiva. Si te piden dulzura les dura tu primer gesto de querer entender algo de lo que te dicen. No hay segundo intento: su reacción es de desprecio inmediato. Quieren ya, necesitan ya. O les das o te vas. Nada de abrazos ni fotografías. ¿Para qué? ¿Cuántas veces se las han hecho? ¿Y qué ha pasado después de que su rostro se lo lleve otra cámara? Nada. La esperanza de acabar con su desgracia les dura un segundo. Y llevan razón. Nos conmueve su forma de vida y nos parece menos exótico que injusto y vergonzoso, hasta que les guardamos en un carrete que tarde o temprano terminará en la basura. Como su plátano. Como las cifras que se publican.

Queda publicar esas cifras, para que nos conmuevan y para que tomemos conciencia de ello: dos mil seiscientos millones de personas viven sin saneamiento en el mundo.

Hace falta tener fe en que el ser humano está hecho de la misma materia que un lapicero: de energía.

Yo encuentro cierta complicidad con el lapicero. A él le susurro lo que vieron mis ojos. Lo muevo con la energía que conmovió mi sentimiento esa verdad, para relatarlo y que sirva de algo la experiencia.

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Almacenado en: Mariló Montero

Marta Robles: “¿Por qué apadrinar Happy Chandara, una escuelita para niñas en Phnom Penh?

Escrito el 15 Octubre , 2009 por escuelaparatodasNingún Comentario

Cuando me pidieron que amadrinara este proyecto pensé ¿qué se yo de Camboya? Revolví en mi cabeza y encontré algunas imágenes aterradoras que, por supervivencia, había dejado aparcadas en un rincón recóndito de mi cerebro. Asesinatos genocidas, miseria, pobreza…Apenas un amasijo de imágenes superpuestas y desordenadas me asaltaba sin que yo pudiera controlarlo. Algunas eran de películas, otras de documentales, otras de informativos en los que yo misma había trabajado. Y todas tenían algo en común: Un pueblo que luchaba por salir adelante, pese a los demás y pese a él mismo. La sanguinaria guerra civil conectada con la Vietnam alineada con las tropas estadounidenses, la retirada de éstas y la toma de poder por parte de los Jémeres Rojos derivaron en el más atroz de los escenarios. Durante la guerra de Vietnam el ejército de los Estados Unidos había bombardeado Camboya buscando guerrilleros vietnamitas escondidos allí; las bajas se estimaban en 600.000 personas.

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Luego llegó la república Jemer de la mano de Lon Nol , más tarde la oposición comunista de Pol Pot, que instauro un régimen socialista tan radical, que también supuso un enorme derramamiento de sangre. Esa dictadura marxista de Pol Pot, de corte agrario, vació las ciudades y creó monstruosos campos de trabajo. El partido Angkar, una tenebrosa y casi anónima institución instauró el más espantoso régimen del terror de la historia moderna. Bajo tal signo tuvo lugar el más metódico y frío genocidio del siglo XX, que sobrepasa la monstruosidad, nazi, stalinista o maoísta. A tal extrema situación, siguió la invasión vietnamita, en la que participarían antiguos miembros de los Jémeres Rojos, que estableció un sistema distinto pero igualmente falto de libertades y repleto de represión, mientras otros Jémeres rojos anti-vietnamitas se organizaban en el exilio.

El hambre, la inestabilidad económica, el conflicto, volvieron a derivar en miles de asesinatos. Hasta 1989 no se comenzaría aplicar un programa de liberalización económica, que llegaba de la mano de un gobierno promovido y apoyado por los EEUU; pero tampoco supuso el fin del conflicto, porque continuaron las luchas entre el gobierno y los Jémeres Rojos y sus seguidores, descontentos con ese proceso de liberalización.

La historia desde entonces hasta nuestros días pasa por un entramado de decisiones políticas internacionales, con poder temporal de la ONU, con golpes de estado, elecciones con miles de observadores internacionales que, sin embargo, no pudieron evitar las coacciones, encarcelamientos o asesinatos de los candidatos opositores…Al final, en 1998, las diferentes fuerzas del país, bajo la observación internacional llegaron a un acuerdo por el que el Hun Sen sería primer ministro y Ranariddh el presidente de la Asamblea Nacional. Así nació un gobierno de coalición y se creó un senado. Entretanto moría Pol Pot y la mayoría de los Jémeres Rojos que quedaban se rendían.

Hoy Camboya trata de recuperarse de tanto horror intentando reconstruir su infraestructura perdida o dañada durante los años de la guerra, pero se mantiene en una grave pobreza. No existe sistema médico, la mitad de los niños sufren desnutrición crónica, la población infantil entre uno y cinco años sufre una de las mayores tasas de morbilidad del mundo y el sistema ferroviario y de carreteras aún no ha sido reconstruido. La prostitución es alarmante, el país tiene la mayor tasa de crecimiento de SIDA, la trata de mujeres es una constante y sus recursos cada vez están más mermados por la tala de árboles al servicio del mercado occidental en el laco central de Camboya, la mayor fuente de agua dulce del sudeste asiático…

¿Por qué apadrinar Happy Chandara, una escuelita para niñas en Phnom Penh,Camboya, que alberga a 300 niñas y que tiene como objetivo llegar a otras 1200? Sinceramente, lo que no encuentro es ninguna razón para no hacerlo. Creo que todas ellas tienen derecho a poder optar a una vida mejor; y no veo que haya mejor manera de conseguirlo que a través del conocimiento. Sólo la formación les hará realmente libres y logrará que tengan posibilidades de abandonar los tortuosos caminos que les ha marcado la historia terrible del país en el que les ha tocado nacer. Ellas, seguro, encabezadas por Hoa, la mujer de sobrevivió a los horrores de los Jémeres rojos y que hoy es vicepresidenta de la escuela, además de la presidenta Tina Kieffer, conseguirán crear una nueva Camboya, contra todo pronóstico.

No creo que haya un proyecto mejor para amadrinar y me siento muy agradecida a Marie Claire por haberme dado la oportunidad de poder hacerlo.

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Almacenado en: Madrinas, Marta Robles

Teresa Viejo: “Trabajar en la infancia es labrar el futuro con inteligencia”

Escrito el 15 Octubre , 2009 por escuelaparatodasNingún Comentario

Teresa Viejo¿Por qué? Porque las sonrisas hablan con un lenguaje más poderoso que las palabras. Y no hay más que contemplar estas fotografías para entenderlo y compartirlo. Porque trabajar en la infancia es labrar el futuro con inteligencia. Porque la mujer -ahora niña- sigue vertebrando la estructura familiar e invertir en ella implica alcanzar, tarde o temprano, a todo resquicio social y desde ahí modificar la estructura errada.

La cadena se rompe por el eslabón más débil y ese es la infancia. Peor aún, las niñas.
Así lo he entendido siempre y trabajo para cambiarlo desde mi cargo como Embajadora de UNICEF.

El proyecto ESCUELA PARA TODAS es contagioso. Un aire con olor a esperanza se cuela por las ventanas azules del edificio y envuelve los uniformes de las niñas prometiéndoles un cambio, una opción vital que antes no contemplaban. Algo que nos diferencia de países como Camboya es la capacidad de elegir, de empezar de nuevo cuando la vida se complica y ya no es cómo la habíamos ambicionado; la posibilidad de rescribir, incluso varias veces, nuestra propia biografía pero ellos… NO. Nosotros nos enamoramos de nuevo, buscamos otro trabajo cuando perdemos el actual o remontamos una ruina con soltura. Y todo esto nos hace libres.

 

Pero el terrible determinismo que condenaba a esas niñas a una existencia de trabajos infantiles, prostitución o matrimonios tempranos debe por fuerza de remover conciencias y plantear soluciones desde aquí que lleguen allí, porque ninguna iniciativa tendrá éxito si no arraiga en la esencia de la sociedad que la demanda. Por eso ESCUELA PARA TODAS se merece muchos apoyos.
La obligación de los medios es aunar voluntades y MARIE CLAIRE lo logra entre libros, juegos y aprendizaje. Sólo hay que mirar las sonrisas.

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Almacenado en: Madrinas, Teresa Viejo

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