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Mariló Montero: “La incomprensión te puede paralizar, pero lo nuestro es contarlo”

Escrito el 15 Octubre , 2009 por escuelaparatodasNingún Comentario

Las estadísticas que se publican sobre la pobreza en el mundo nos distancian tanto de la realidad como el conocimiento común de que el ser humano podría llegar a ser cómplice de un lapicero.

La última cifra sobre el número de personas que en todo el mundo carece de algún tipo de saneamientos se la he leído a Rose George en su libro “La mayor necesidad. Un paseo por las cloacas del mundo”. (Ediciones Turner). Y una vez más, con las cifras sobre personas que sufren en el mundo, me surgen dos cuestiones: la primera es saber cómo las ha contabilizado, en qué registro se reflejan, quién y cómo las conocen. Y la segunda, cómo nos afectan esos datos a quienes llegamos a conocerlos.

El lector descreído suele quedarse impasible ante esas cifras debido a una desconfianza que engorda por causa de los vanos avances logrados por quienes tienen a su cargo la solución de acabar con la miseria en el mundo. Mucha charla, mucha Cumbre, para acabar en el mismo punto. En nada.

Millones de personas viven en países oprimidos por unos dirigentes tiranos que mantienen a su población como el fin de su propia cloaca. La miseria les acompaña hasta la muerte: por inanición, hambre, humillación u olvido.

¿Impresiona si les digo que cada quince segundos muere un niño por diarreas producidas por la contaminación en los alimentos o las aguas que consumen?. ¿Les conmueve que Rose George subraye que en los últimos diez años han muerto más niños por diarrea que personas en conflictos armados desde la II Guerra Mundial?. Y así podríamos seguir su relato, o el de otros tantos que se empeñan en luchar con las palabras para acabar con las injusticias.

Las cifras se clasifican por listas de pobres, hambrientos, sedientos, mutilados, explotados, violados, asesinados, vendidos, podridos, secuestrados, enfermos y qué se yo. Pero nadie alcanza a comprender el hambre de verdad que se sufre en el mundo. Es imposible hacer un cálculo real, aunque sólo la aproximación nos debería dar náuseas.

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No hay mundo sin ricos y pobres, porque si no hubiera pobres no habría ricos. Y como los ricos no quieren dejar de serlo, es bastante probable que perdure la existencia de los pobres. Lo cierto es que éstos lo son tanto que no tienen fuerzas ni para responder con su mirada. Quienes se empeñan en ofrecer a la sociedad mundial estos datos para remover conciencias y hacer reaccionar a los políticos, se quedan en las estanterías o en alguna organización no gubernamental que se asienta con valentía en ciertos lugares del mundo para llevarles alguna vacuna y, si acaso, algo de amor.

Quiero huir de ser freudianamente absoluta, pero cuando la rabia se te mezcla por dentro con la injusticia, el absoluto lo hace contundente. Si empezamos a dar perfiles, nos perdemos en nimiedades. Si en España hay ocho millones de pobres, ¿cuántos no habrá al cabo del mundo?. ¿Y de qué pobreza estamos hablando?. ¿Es comparable la pobreza de un español en las últimas a la de un niño camboyano que vive como una bacteria comiendo los detritus de nuestra vida: la basura?

Recuerde lo que le digo: usted tiene la necesidad de comprar alguno de los alimentos vitales de nuestra dieta. Adquiere plátanos, por poner un ejemplo. Si llega a comérselos, la cáscara irá al cubo de la basura, que antes de que comience a expeler el hedor de la putrefacción ya habrá arrojado en una bolsa de plástico al contenedor del barrio. Un camión se lo lleva de madrugada hasta un vertedero, en cuya explanada se seleccionan los restos. Se parcelan en basura orgánica e inorgánica. Los plásticos por un lado, los cristales por otro, así como la comida o los textiles.

Cuidamos tanto la basura que la distinguimos en colores. En nuestros vertederos sobrevuelan gaviotas y deambulan multitud de ratas transmisoras de enfermedades para el hombre.

Ese mismo proceso, con más o menos control para preservar el medio ambiente, es parecido en países que viven en condiciones menos avanzadas. Nos une ese mismo recorrido del plátano. Dependiendo del lugar, en cambio, si decidió arrojar el plátano directamente al cubo porque estaba demasiado maduro y las manchas negras de la fruta le desagradan, tal vez cubrió de suerte a algún niño.

Tendríamos que volver a las cifras para conocer el número de países donde sus vertederos, el fin de nuestra cadena alimenticia, es el principio de la vida de ¿cuántos niños?. Imposible saberlo.

Yo estuve en el “basural” de Phnom Pehm, en Camboya, y aún me cuesta reaccionar ante lo vivido. Son tantas los detalles que vas descubriendo y tantas las historias que surgen a cada paso que te desborda la información. El basural tenía la proporción de una buena meseta española. Si desenfocas los ojos hasta puedes confundir lo colores con árboles, alguna que otra zona con brillantes flores y el movimiento de los animalillos que corretean por las llanuras de un bosque.

El hedor insoportable es lo que te aleja de la tontería de quienes quieren ver otra cosa diferente de lo que tienes ante ti. Una montaña de basura solidificada por el paso de los años y que se desintegra de manera precipitada, más por las manos hambrientas que por el proceso ambiental. Montañas de basura de la que descargan los camiones, donde el plátano, nuestro plátano, entero, con suerte para estos niños, o sólo la cáscara, si pasó por una primera criba de los pobres más listos que reventaron las bolsas arrojadas en las esquinas de la ciudad.

Durante la subida a la cima de esas montañas de basura hay diferentes estaciones. En el recorrido encuentras pequeñas lagunas de agua putrefacta que sirven a los niños para bañarse entre animales muertos o entre carritos de compra-venta para mercadear con los plásticos, discos, cables, cristales o papeles con los que ganar algún riel (la moneda oficial camboyana). Aquí ya no hay separación de zonas ni colorines para distinguir las basuras.

El camino llega a la cima, desde la que se ven pirineos e himalayas de porquería que sirven de hogar q cientos de seres que viven como bacterias. Ya no bajan a la ciudad. Como la única forma de sobrevivir es comer, y la comida que pillan en la basura es a la que aspiran, ¿para qué van a moverse de allí?

Allí lo tienen todo: el suelo es la basura y, sobre ella, con los plásticos que han ido trayendo los camiones de la ciudad, más cuatro planchas de chapa, tratan de fingir alguna forma de pared.

Los recipientes en los que cocinan también los recogieron de esta fuente inagotable de productos marchitos u obsoletos. Las casas, claro está, no tienen agua ni servicios. Las bolsas son su principio y su fin: sirven de ropa, de techo, de mantel o de wáter. Defecan en bolsas y las lanzan a un lado. Total, el olor les iguala. Quizá se sienten tan basura por fuera como por dentro. Es inútil dolerse ante ellos, porque eso les supone una ofensa. Es difícil complacer de alguna manera a estos hombres-bacteria a los que es tan difícil arrancarles una sonrisa, una mirada, una palabra o algo de sentido a su vida.

Han sido ellos computados en alguna estadística? ¿Están en alguna lista? ¿En la de los pobres? ¿En la de los que no tienen acceso a los servicios básicos, al agua corriente, al empleo, a la medicina, a la educación, a la sanidad o al juego? ¿En qué lista figuran? Desde luego, en la mía.

Fui incapaz de calcular una cifra, de ayudar, pues tanta miseria desborda cualquiera de nuestros razonamientos. La incomprensión te puede paralizar, pero lo nuestro es contarlo. Contar su historia, no su número. Los niños son diminutos, flacos, su pelo delata la desnutrición por el color naranja que pinta desde casi su raíz. Su mirada es triste y a la defensiva. Si te piden dulzura les dura tu primer gesto de querer entender algo de lo que te dicen. No hay segundo intento: su reacción es de desprecio inmediato. Quieren ya, necesitan ya. O les das o te vas. Nada de abrazos ni fotografías. ¿Para qué? ¿Cuántas veces se las han hecho? ¿Y qué ha pasado después de que su rostro se lo lleve otra cámara? Nada. La esperanza de acabar con su desgracia les dura un segundo. Y llevan razón. Nos conmueve su forma de vida y nos parece menos exótico que injusto y vergonzoso, hasta que les guardamos en un carrete que tarde o temprano terminará en la basura. Como su plátano. Como las cifras que se publican.

Queda publicar esas cifras, para que nos conmuevan y para que tomemos conciencia de ello: dos mil seiscientos millones de personas viven sin saneamiento en el mundo.

Hace falta tener fe en que el ser humano está hecho de la misma materia que un lapicero: de energía.

Yo encuentro cierta complicidad con el lapicero. A él le susurro lo que vieron mis ojos. Lo muevo con la energía que conmovió mi sentimiento esa verdad, para relatarlo y que sirva de algo la experiencia.

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